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<title>El Rincón del Búho</title>
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<tagline>Un rincón para viajeros de barro...</tagline>
<modified>2005-11-17T16:07:18Z</modified>
<copyright>Copyright 2005</copyright>
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	<author>
		<name>Búho</name>
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	<title>"Seis años sin un grande."</title>
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	<issued>2005-11-17T16:05:37Z</issued>
	<dc:subject>Banda Sonora Emocional</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://elrincondelbuho.bitacoras.com/archivos/2005/11/17/seis-anos-sin-un-grande"><![CDATA[Tal día como hoy del año 1999 fallecía a los 39 años de edad Enrique Urquijo. Áquella fría mañana en la que aparecía su cuerpo sin vida, la música española perdía a uno de sus hijos.<br /><br /><img src="http://elrincondelbuho.bitacoras.com/enrique urquijo.jpg" title="Enrique Urquijo"/><br />
<br />
¿Quién no recuerda "Déjame", "Pero a tu lado" o "Sobre un vidrio mojado"?. <br />
<br />
Ésas son algunas de las grandes canciones que nos regalaron Los Secretos, un grupo con la sencillez por bandera, acompañadas de esa tristeza dulce, de la melancolía de un Enrique que llegaba a todos los corazones. Su voz inconfundible, canciones llenas de historias pequeñas, de amor, de desamor, de tristeza.. <br />
<br />
Un pedazo del alma de Los Secretos se quedó en un portal de una calle de Madrid, hace ahora exactamente seis años.<br />
<br />
Álvaro, su hermano, sigue ahí al pie del cañón sacando lo mejor de su música para que los que seguimos desde hace tanto tiempo al grupo sigamos disfrutando como la primera vez.<br />
<br />
Toda canción nos llega en un momento determinado de nuestra vida, algunas tienen la suerte de quedarse con nosotros, de que sólo con escucharla podamos evocar un recuerdo, bueno o malo. <br />
<br />
¿Qué canción de Los Secretos está instalada en vuestra vida?. Ésta, es la mía.<br />
<br />
<br />
<u>"Pero a tu lado."</u><br />
<br />
He muerto y he resucitado,<br />
con mis cenizas un árbol he plantado.<br />
Su fruto ha dado<br />
y desde hoy <br />
algo ha empezado<br />
 <br />
He roto todos mis poemas<br />
los de tristezas y de penas<br />
me lo he pensado, <br />
y hoy sin dudar<br />
vuelvo a tu lado.<br />
 <br />
 <br />
Ayudame y te habré ayudado,<br />
que hoy he soñado<br />
en otra vida,<br />
en otro mundo,<br />
pero a tu lado.<br />
 <br />
Ya no persigo sueños rotos.<br />
Los he cosido con el hilo de tus ojos<br />
y te he cantado, al son de acordes<br />
aun no inventados.<br />
 <br />
<br />
Ayudame y te habré ayudado,<br />
que hoy he soñado<br />
en otra vida,<br />
en otro mundo,<br />
pero a tu lado.<br />
 <br />
  <br />
Ayudame y te habré ayudado<br />
que hoy he soñado<br />
en otra vida,<br />
en otro mundo,<br />
pero a tu lado.<br />
<br />
<br />
<br />
<br />
Enrique, un abrazo allá donde estés.]]></content>
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	<author>
		<name>Búho</name>
	</author>
	<title>Siete Segundos...</title>
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	<modified>2005-10-05T02:51:34Z</modified>
	<issued>2005-10-05T02:51:34Z</issued>
	<dc:subject>Un beso de nube...</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://elrincondelbuho.bitacoras.com/archivos/2005/10/05/siete-segundos"><![CDATA[Párate un momento, exactamente siete segundos, cierra los ojos y escucha atentamente. En cada segundo que pasa hay una historia que flota en el aire...<br /><br />	Hoy ha intentado volver a llamarla, pero los nervios que se le agarran el estómago se lo han vuelto a impedir. Después, ha encendido un cigarrillo para calmar la ansiedad, y con este ya van nueve. Siempre le pasa lo mismo, y hasta que no ha marcado el número y se siente con fuerzas, no deja que se escuchen los tonos. Siete tonos.<br />
<br />
	Ayer, sin saber muy bien porqué, cuando volvía a casa en el autobús interurbano, de la línea número catorce, se bajó dos paradas antes. Atravesó la calle esquivando el tráfico, bajó hasta la plaza Wellington, tomó un café en un bar que no recordaba haber visto antes y se quedó dos horas en la acera. Apoyado en una de las farolas miraba una y otra vez las ventanas del segundo piso, de un edificio antiguo, con una hermosa fachada de ladrillo con acabados en madera.<br />
<br />
	Allí vivía ella, con su madre, ya mayor, y un perro llamado “Señor Spot”. La conoció una tarde en el parque. Ana, que así se llamaba, tenía los vaqueros arremangados por encima de las rodillas, y trataba, entre risas, rescatar la muñeca de una niña que flotaba alegremente sobre el agua de una fuente con ángeles de piedra. Él se ofreció para ayudarla, con tan mala fortuna que al acercarse al borde resbaló, y fue a parar de bruces al agua. Aún recuerda como la risa de Ana hizo que aquel bochorno fuese sencillamente algo tremendamente gracioso.<br />
En compensación, ella le invitó a un helado, con la amenaza de que si no aceptaba ella misma lo volvería a tirar al agua.<br />
<br />
	Enseguida quedó prendado de una sonrisa que vestía el mundo, que llenaba todo alrededor. Daba igual el color del día, que Ana, se encargaba de hacerlo un poquito mejor. Sus ojos grandes, su pelo negro endiabladamente ensortijado y su carita de niña, le daban un aspecto de hadita rara del bosque.<br />
<br />
	Aún recuerda que el primer beso duró exactamente siete segundos, siete segundos en los que la tierra dejó de girar, siete segundos en los que la luna se escondió para no ser la protagonista de la noche. Siete segundos de felicidad.<br />
<br />
	Nunca tuvieron un momento igual, pero a pesar de que las cosas iban mejor o peor, siempre salían hacia delante. Él, con el tiempo, sentía que ese amor se había agotado, que se había perdido en el fondo de algún armario del piso que compartían. Por aquel entonces, imagino que también ahora, estaba muy de moda eso de los chats, conoció a una chica y en el embelesamiento de las bellas palabras, de los guiños literarios en un monitor, se enamoró de un espejismo. Se enamoró como el protagonista del relato de Bécquer, de un rayo de luna.<br />
<br />
	Así lo conocí, entusiasmado de encontrar el amor de su vida, de un viaje, de una nueva vida, de un nuevo mundo que le abría las puertas. Tal como apareció por el canal, ya sabéis, los generales de los chats, desapareció sin dejar más huella que la “info” de su “nick”:<br />
<br />
	- “Conectado por última vez hace 170 días....”.<br />
<br />
Una tarde, cuando ya dábamos por echo, que vivía su mejor vida al lado de la mujer de sus sueños, entró en el canal una dama que se hacía llamar Asha. Nos contó que buscaba a su amado por todos los lugares, que había desaparecido de la noche a la mañana, sin dejar rastro. No tardé en descubrir, que Asha, no era otra que Ana y que con su corazón hecho añicos, se dedicaba a repartir los trocitos por esos rincones de internet. Prendando con su historia triste y melancolica a cuantos quisieran escucharla. Tuve el enorme placer de conocerla en persona.<br />
<br />
Aquella tarde en la que la conocí, llovía a mares, pero nada de eso me importó, pues sus palabras bañadas de la mejor de las sonrisas, me hicieron olvidar que el cielo se derrumbaba allá afuera, que las nubes oscuras no eran nada comparable con la tristeza tan gris de Ana.<br />
<br />
- "Voy a ir a buscarlo..".<br />
<br />
Me dijo con la mirada perdida tras los critales, como quien intenta recordar un sueño. Traté de disuadirla, pero mis palabras cayeron en saco roto, no quisó escuchar nada que no fuera su propio corazón.<br />
<br />
Supe, poco después, que apenas salió de la ciudad, había sufrido un grave accidente y que tras varios días en la Unidad de Cuidados Intensivos había fallecido. Probablemente su epitafio no sea, "No llueve eternamente...", como me dijo aquella tarde, que le gustaría que pusieran en su lápida. <br />
<br />
Todos los días el "Señor Spot" la sigue esprando para comer, como a él le gustaba, debajo de la mesa, jugueteando con los cordones de las zapatillas de Ana.<br />
<br />
A él, el tiempo lo puso en su sitio, más pronto que tarde. Descubrió que el amor está donde uno lo quiere encontrar, donde uno lo busca, que no se viste de palabras agradables, ni de dulce poesía todos los días del año. Perdió en su búsqueda tantas cosas, y ganó un sentimiento nuevo, aprendió a echar de menos. Volvió de nuevo a la ciudad, en busca de Ana.<br />
<br />
Desde entonces, una sensación extraña se le agarra al estómago, se lo aprieta con cien nudos, cada vez que la llama. Fuma, y llora al mismo tiempo, con lágrimas de humo. Llora cuando habla con ella, llora durante siete segundos.]]></content>
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	<author>
		<name>Búho</name>
	</author>
	<title>"Pájaros en el andén...".</title>
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	<modified>2005-08-19T16:45:20Z</modified>
	<issued>2005-08-19T16:45:20Z</issued>
	<dc:subject>Un beso de nube...</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://elrincondelbuho.bitacoras.com/archivos/2005/08/19/pajaros-en-el-anden"><![CDATA[<i>Silenciosas ruinas bajo un cielo abierto...</i><br /><br />Aquella mañana amaneció  antes de que el sol que nos calienta asomase por entre las verdes montañas, amaneció antes de que los ruidos urbanos cantaran al nuevo día, antes de que la humanidad echase a andar con ese paso acelerado que devora a los corredores de fondo, a esos que creen aún en hadas, duendes y quizá en un amor que esperará más allá del mar. <br />
<br />
Marcó el inicio del día el repicar de unos latidos y los nervios, alfileres en mi estómago, me decían que me quedaba un largo camino y una espera amarga que se tornaría en dulce encuentro.<br />
<br />
Mientras mi alma se iba, silenciosa, por la ventana detrás del alba, mis ojos se clavaban como flecha detrás del triste horizonte de una tierra que me aparta de todo aquello que anhelo. Ya no marcaba el reloj, ese maldito trasto tan solo vale para matar el tiempo y el mío, ya sólo es el espacio en blanco que hay entre suspiro y suspiro.<br />
<br />
Llené mi bolsa con poco más de lo que realmente poseo, unos cuadernos viejos llenos de poemas tristes, unos sueños rotos aunque forman un único espejo y el resto, iba dentro de mí, dentro de este absurdo cuerpo y dentro de una mente que bien podría ser la de un luchador del ocaso o la de un loco que pasea despacio por las eternas esquinas del Otoño. Cogí mi ligera carga de encima de mi cama, eche un rápido vistazo a mi habitación como si nunca hubiese salido de ella. Ahora sentía que era diferente, sentía que no había más que tierra por medio y un escalofrío me recorrió el cuerpo al pensar que igual nunca más volvería. Puse un pie en la amalgama de grises y rojizos sucios que me brindaba ésta ciudad, una leve brisa fresca acariciaba mi rostro como diciendo, “Adiós, hasta pronto aunque sepa que volverás. Siempre lo haces”.<br />
<br />
Un paso. Uno menos hacía mi última estación del día, hacia la meta ansiada donde nadie esperaba, igual me vendrían a recibir algunos pájaros al andén y con sus trinos se preguntarían si el forastero sería otro más que vendría a la ciudad, a ingresar en las filas de la cordura o quizá, si era un soplo de viento que pasaría, de esos que lame las paredes y se marcha en la dirección opuesta de la que vino. Más cansado, más gastado y con el corazón encogido. <br />
Dos pasos. Iban pasando las horas, y la vía era devorada debajo de mis pies. Una estación, otra... y en todas se repetía lo mismo: lágrimas, besos, palabras de recibimiento, abrazos, noticias y yo... pensando en que el aire se tornara veloz en vendaval y me arrastrara lejos de allí. Rápido, en la dirección que yo deseaba, aunque nadie esperara al pie de la escalera que bajaría para aterrizar de una vez de mi sueño, de esos pensamientos que venían acompañándome, de imaginar como sería el encuentro. Un suspiro y el tren arrancaba otra vez. De nuevo en medio de ningún lugar, traqueteo infame y mis ojos recorrían el paisaje mientras mi pluma atisbaba unos versos.<br />
Tres pasos. Mochila al hombro. Un pequeño salto y alcancé la tierra prometida, aquélla en donde por fin tendría ante mí unos ojos que sin saber dirían más con la mirada de lo que pensaban. Un vistazo al vagón, que volvía a ponerse en movimiento, ahora ya sin mí pero si con mi melancolía, “Adiós, llévatela lejos”.<br />
Final de trayecto. Encaminé mis pasos hacia el corazón de una ciudad desconocida para mí, lejos de las miradas de curiosos o de lenguas de doble filo que solo saben buscar los defectos y malaventuras de aquellos que conocen. “Un sitio perfecto para comenzar de nuevo”, pensé. <br />
<br />
Me acogió la ciudad como a uno más, como uno de tantos que transitan por sus aceras, que hacen su vida allí.  Movido por mi curiosidad y por no sentarme a que me atacara la impaciencia de la espera decidí merodear por el casco antiguo. <br />
<br />
<img src="http://elrincondelbuho.bitacoras.com/img/02%20sobre%20el%20banco%20de%20piedra%20esper%E9%20abrazarte.jpg" title="Mil piedras, mil años.."/><br />
<br />
Allí estaban, dos mil años y aún en pie. Mil ojos que vigilan Segovia, ciudad milenaria donde hasta la más escondida piedra tiene más historia que muchos de nosotros. El Acueducto imponente, vetusto, viejo y sorprendentemente perfecto, alineado durante siglos. Con él a la espalda me sentía seguro, a resguardo del ataque de viejos fantasmas que persistieron en acompañarme gran parte del viaje. Subí las escaleras y desde la altura vi la ciudad, justo al lado de aquella romana obra. El sitio perfecto para el encuentro esperado, perfecto para tantas cosas...<br />
<br />
Las callejas y callejuelas se fundieron en un abrazo, mientras me sumergía en su historia, en su vida. Imaginaba que por aquellos empedrados pasaron caballos, caballeros, damas, campesinas y la algarabía de un sin fin de gentes en tiempo de mercado o de camino a la Catedral. Quizá fuera la época de un triste soñador como yo. Más adelante en el escondite perfecto de la noche y la sombra de la muralla más de algún caballero citaría a su dama y ambos escaparían a contemplar las estrellas sobre los campos de trigo. O, cuando así fuera menester, citar al adversario para vengar afrenta o agravio en esa noche, tras el solemne repicar de espadas tras la Iglesia algún hidalgo daría con sus dientes en el suelo. Así, paseando por las calles fueron pasando las horas en las que cien historias inventé. Con la noche ya inminente sobre mi cabeza y con la hora de la cita más cerca que cuando desperté en mi tierra me aposenté junto al santo y seña de la ciudad. Desde allí el ocaso hizo de las suyas, mostró sus dotes de artista pintando de naranjas y violetas aquél cielo que poco a poco se rendía a las estrellas que comenzaban a aparecer, a preparar el manto de su madre Luna. Y no llegaba...<br />
<br />
<img src="http://elrincondelbuho.bitacoras.com/img/alcazar.jpg" title="En la noche..."/><br />
<br />
La dama que en la oscuridad me brindaba su sonrisa de plata, comenzó a colarse por entre los arcos. La miraba con la mente en otro lugar, en alguna parte alguien se dirigía hacia mí y la luna nos miraba a ambos con esos ojos de cómplice que todo lo ven y asienten sonriendo. Miraba la plaza que desde mi pequeño refugio se veía y otra vez suplicaba a la luna que llegase pronto, que diese alas a quién se acercaba.<br />
El encuentro. Oí cruzar una risa por la plaza, la escuché desde mi pequeño refugio. Me había atrincherado bajo uno de los arcos del acueducto, no sé bien si por miedo o por lanzar un ataque sorpresa. Observé el terreno, medí los pasos, la espada de los nervios me amenazaba y por fin, todos mis miedos y yo cruzamos en escuadrilla la plaza hacía el sitio señalado. Más pasos, que ahora eran pesados y parecían sumamente lentos cuando su mirada empezó a sospechar que quien se acercaba era a quién iba a abrazar. Un abrazo que echó por tierra todo lo que había preparado, todo lo que había pensado hacer. Un dulce abrazo que me llenó de alegría, que llenó los abrazos huecos escritos... ahora ya sabría como atenerme a un abrazo si me lo decía.<br />
<br />
Duda, incertidumbre y la traición de una timidez extrema se conjugaron para dejarme como fuera de lugar. Sentí su calor tan cerca como nunca hasta ahora, pero fue exactamente como lo deseé, como tantas noches imaginé.<br />
Entonces llegó, como una ráfaga, como un latido entre las brumas del sueño. Robado y bandolero llegó a mí aquél primer beso. Nítido, suave, terciopelo en la piel, mil sentidos en mi boca. Un beso que me acompañará siempre, piel contra piel y el mundo dejó de estar debajo de mis pies. Ahora sería capaz de caminar por encima del suelo a una altura de quince centímetros, volando, siendo otro. Sin que el resto de miradas apreciara mi vuelo excepto ella. Esa mirada en la que esperaba encontrar lo que había venido buscando y aquellos ojos marrones no mintieron. Fue un beso sincero lleno de cientos de suspiros, sentimientos y quizá un dolor desahogado.<br />
<br />
La noche avanzaba, con los minutos como testigos de que en mí nacía la necesidad de acercarme más a ella, poco a poco con delicadeza fui comprendiendo de sus caminos y mientras la luna temblaba sobre las aguas del embalse mis besos ya nunca más serían lanzados al vacío. Era mi hermoso campo de amapolas donde mis labios, cual mariposas revoloteaban. Su risa tantas veces escuchada en la lejanía ahora reflejaba esa alegría que tiene el agua del arroyo entre las manos, rumor acuoso que endulzaba los ruidos de la noche. La tenía entre mis brazos, el perfume de su cuerpo a mi alrededor me envolvía y al oler su pelo su fragancia era mía por un instante, intentando retenerla en su cabello con un beso. Paseaba con un ángel al que llevaba por la cintura, mi ángel. Era el que estaba esperando, ese que tantas otras veces pasó de largo y fue tocar en otras puertas. Ahora era a mí a quien había venido a buscar y deseaba que nunca más tuviese que seguir buscando su amor en otras pieles. Ya podía ser el mismísimo infierno la calle que al tenerla por el talle, nada más me importaba.<br />
<br />
<img src="http://elrincondelbuho.bitacoras.com/img/09%20el%20roce%20de%20nuestras%20manos%20mientras%20pase%E1bamos.jpg" title="El embalse..."/><br />
<br />
Mi amor, mi pequeño puerto de cielo abierto donde remitir mi dolor con el bálsamo de sus tiernos besos de hada. Con tan solo detener el tiempo en el instante en que mis labios se encontraban con los suyos hubiera vivido feliz para siempre, entre el cielo y la tierra, entre las estrellas que tiritaban en el cielo, entre el alba y el atardecer...<br />
<br />
Llegó la madrugada. Su cabeza reposaba sobre mi pecho, belleza quieta. Conteniendo la respiración, sin saber que decir mis manos tomaron la iniciativa de hablar por su cuenta. Mostrando sencillamente que deseaba desde lo más profundo acariciar aquel rostro, como cuando en el mejor de los sueños deseamos recordar el tacto de lo que nos rodea. No dormía, de vez en cuando abría aquellos ojos expresivos para sonreír entre mis manos y los volvía a cerrar para sentir el paso de mis dedos por sus hermosos parajes de mujer. Como blancas mariposas, mis manos, a posar su frente venían, y le daban besos de niño columpiándose en sus sienes. Pronto los labios buscaron el camino de los suyos, una y otra vez para cerciorarse que era real, que estaba allí mirándome.<br />
Se conjuraron las manos con los labios y acometieron dulce avanzadilla por su cuerpo. Suave por su cuello, marcando el camino sin pensar en el regreso. Ataque y repliegue con mis labios por su cuerpo, hasta que traviesos, juguetones, fueron a probar la dulce ambrosía de sus pechos. Mil hogueras prendieron allí dentro, pasión desbordada que luchaba contra los elementos. Una y otra vez chocó, por desgracia, con la alta muralla de la razón que de no estar sujetos a limitaciones hubieran estallado los dormidos instintos bajo la ropa, transformándose en el mayor esplendor del amor, en su plenitud, en la consumación de la sensibilidad, punto álgido de dos pasiones desatadas como tormentas que se encuentran en el medio del mar.<br />
<br />
<img src="http://elrincondelbuho.bitacoras.com/img/15%20un%20amanecer%20sentados%20a%20la%20vera%20del%20camino.jpg" title="Junto al camino..."/><br />
<br />
El amanecer con su redoble de tambores fue abriendo paso al Rey Sol, arrogante con todo su poder fue desperezándose poco a poco. Tocando con sus aún leves rayos aquí y allá, despertando a la vida a cuantos seres dormidos lo necesitaran. No fue nuestro caso, vimos llegar al astro solar con toda su corte de aves, con toda la pompa del oro en la mañana y con toda la certeza de que el nuevo día había llegado. Abrazados junto al camino vimos como los pájaros se llamaban unos a otros, el cielo azul con esa inmensidad ayudaba a pintar el momento como un cuadro. <br />
<br />
Arriba, azul nítido, con los tejados del Monasterio desafiando a natura. Abajo, el brillo de sus ojos, con el rumor del río que acompañaba a nuestras palabras, con las que nos fuimos conociendo un poco más. Con las que me fui enamorando cada vez más. Mágico momento en el que fue mi sirena, bajo su canto no quise que me ataran y al acercarme lentamente a sus labios me obsequió con una piedra que tantas noches tembló sobre su pecho. Abrazos, miradas y besos, el lenguaje de dos enamorados que suspiraban para que no pasasen los minutos. <br />
<br />
<img src="http://elrincondelbuho.bitacoras.com/img/18%20debimos%20perdernos%20por%20el%20bosque....jpg" title="En la orilla.."/><br />
<br />
Pero tristemente pasaban para llevarse cual agua de aquel río, el amor al mar.<br />
Dejamos atrás nuestro pequeño refugio, con la pena ya instalada en el corazón. Batallón que avanzaba irremediablemente y ya se le escuchaba a lo lejos, viniendo con paso firme y decidido a hacer patente lo inevitable. El poco tiempo que nos quedaba juntos se llenó de silencios pesados, espesos como niebla gris que se agarra fuerte a los bosques. Daba pánico hacer la menor mención de la fatídica marcha, como si el no decirlo fuera a prolongar el tiempo. Pero no, todo se acaba y la maldición que sobrevuela las historias de amor más hermosas se hizo presente. Con esa fuerza que golpea y derriba, das con tus huesos en el suelo y al poner una rodilla sobre el lodo para incorporarte llega el mazazo, llega el adiós en forma de losa, de epitafio.<br />
<br />
Dos “te quiero” fugaces, un beso con sabor amargo, el corazón encogido y en el alma la remota esperanza de la posibilidad de volver a verla. Mantuve la entereza, incluso puede que pareciera frío, pero bastante duro era ya el dar la vuelta y volver, como para hacerla sentir más triste. No me lo hubiese perdonado jamás, yo que siempre quise ser el guardián de su tristeza y no el causante. Una vez más camino de regreso, con el alma sujeta con alfileres. Pasó a mi lado, vi alejarse su mirada triste tras el cristal, intentando contener un torbellino de sentimientos y mi ánimo maltrecho acabó por derrumbarse como el castillo de naipes que se construye en el aire.<br />
<br />
Deshice el camino a la estación, el mismo por el que llegué lleno de regocijo ahora me observaba más melancólico, abatido con esa tristeza de amor que es un juego cruel, donde juegas a ganar y vuelves a perder. Compré el billete de regreso a la nada, me senté a esperar el tren que me devolvería al mundo que hay más allá de sus brazos. <br />
De repente, en tropel llegaron los recuerdos de las horas juntos, acompañados de la amargura de desconocer cuando sería el momento en que de nuevo estaríamos juntos, tal vez para siempre. Saqué su piedra, en medio de la palma de mi mano estaba cuando rodó una lágrima por mi mejilla y fue a estrellarse en su colgante de forma de pirámide. <br />
<br />
Mis dedos cubrieron la lágrima y los ojos con su pupila nublada fueron poco a poco recuperando la plena visión para ver como dos pájaros brincaban y trinaban sobre el andén diciendo: “El forastero no vino a ingresar en la cordura, ni se marchó en la dirección opuesta a la que vino. Es un loco enamorado que volverá algún día con todos sus recuerdos...”.]]></content>
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	<author>
		<name>Búho</name>
	</author>
	<title>"Aunque tú no lo sepas...".</title>
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	<modified>2005-07-12T20:12:16Z</modified>
	<issued>2005-07-12T20:12:16Z</issued>
	<dc:subject>Banda Sonora Emocional</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://elrincondelbuho.bitacoras.com/archivos/2005/07/12/aunque-tu-no-lo-sepas"><![CDATA[Ésta canción fue escrita por Quique González, Enrique Urquijo se la pidió para grabarla con <i>Los Problemas</i> (un grupo alternativo con el que él hacía sus cosas aparte de <i>Los Secretos</i>). Tiempo después, y pasado ya algún tiempo de que el Gran Enrique nos dejara, Quique González la incluyó en su disco <i>Pájaros Mojados</i>, pero con una versión más "jazz", de la que hizo en un principio Enrique. Así es como la conocí yo, cantada con esa voz rasgada y triste, que tanto tiempo fue la seña de identidad de <i>Los Secretos</i>.<br />
<br />
Hoy es el día que la escucho y no deja de sorprenderme, por su capacidad increíble de condensar tanto sentimiento, tristeza y probablemente, un rayo de luz por donde escaparse.<br /><br />Aunque tú no lo sepas,<br />
me he inventado tu nombre.<br />
Me drogué con promesas,<br />
y he dormido en los coches.<br />
Aunque tú no lo entiendas,<br />
nunca escribo el remite en el sobre,<br />
por no dejar mis huellas.<br />
<br />
<br />
Aunque tú no lo sepas,<br />
me he acostado a tu espalda.<br />
Y mi cama se queja,<br />
fría cuando te marchas.<br />
He blindado mi puerta,<br />
y al llegar la mañana,<br />
no me di ni cuenta,<br />
de que ya nunca estabas.<br />
<br />
<br />
Aunque tú no lo sepas,<br />
nos decíamos tanto,<br />
con las manos tan llenas,<br />
cada día más flacos<br />
Inventamos mareas<br />
tripulábamos barcos,<br />
y encendía con besos,<br />
el mar de tus labios.]]></content>
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	<author>
		<name>Búho</name>
	</author>
	<title>"Cuatro pasos, cuatro palabras..".</title>
	<link rel="alternate" type="text/html" href="http://elrincondelbuho.bitacoras.com/archivos/2005/07/07/cuatro-pasos-cuatro-palabras" />
	<id>http://elrincondelbuho.bitacoras.com/index.php?id=93587</id>
	<modified>2005-07-07T17:46:06Z</modified>
	<issued>2005-07-07T17:46:06Z</issued>
	<dc:subject>A cielo abierto..</dc:subject>
	<content type="text/html" mode="escaped" xml:base="http://elrincondelbuho.bitacoras.com/archivos/2005/07/07/cuatro-pasos-cuatro-palabras"><![CDATA[Duerme la ciudad, y sentado en un local oscuro, tristemente iluminado por unas lámparas sobre la barra, apura la copa. Tiene un sobre entre sus manos, lo manosea sin cesar, como quien está viendo algo nuevo, como quien tiene entre manos una piedra preciosa que sabe de antemano que no podrá comprar.<br />
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El resto del bar está en penumbra, y es el paraíso de dos parejas, que en cada esquina, se dedican a darse aire de besos. Como si les fuera la vida en ello, como si el mundo acabara mañana. Se comen la boca con el ansia de tener unos labios nuevos.<br />
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Deja el sobre encima de la barra, y sin dejar de mirarlo detenidamente, pide otra copa. Licor para llenar el lacrimal del alma, y llorar gota a gota el dolor. Una sensación extraña recorre su cuerpo, como una punzada eléctrica en la nuca que le eriza el cabello. Un trago largo y pausado calma la ansiedad. Su mirada queda fija en el pedazo de papel blanco que tiene ante sí.<br />
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Saca un par de billetes arrugados de su bolsillo, y con el sobre en la mano sale fuera. Un golpe frío le pega en la cara, todo está oscuro y la lluvia ha dejado sembrada la calle de charcos que reflejan las luces de una ciudad tan gris, como los corazones que la habitan. Los pasos resuenan, rítmicos, sonoros, azules de tristeza.<br />
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Mil cosas repican como campanadas de media noche en su cabeza, ideas, recuerdos, besos, ceniza y al fin, el abismo de no saber que hacer, de sentirse tan perdido como una gota de agua en el mar. Mira al cielo, y las nubes han dado una tregua que aprovecha la luna para asomar su cara, su dulce rostro. Al contemplarlo su pensamiento se traslada como un haz de luz, como una fotografía entre libros que aparece de repente, cuando menos se espera, hasta el portal número trece, calle Zafiro, tercero derecha. La segunda habitación, la que está junto al baño. Ésa misma donde faltan de colgar los dos cuadros, el del ángel dándole un cándido beso a un hada de cara risueña y el de un bosque con los troncos de sus árboles pintados de colores.<br />
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Allí, seguramente hecha un ovillo, dormirá ella.<br />
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Las luces de la estación del tren son de un color amarillo que recuerda a las tardes de otoño, que iluminan con el tono de las viejas fotos en blanco y negro. Un último cigarrillo, una calada más y cuando aún la nube azul que queda tras él no se ha dispersado, sube al vagón. Toma asiento y cierra los ojos.<br />
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Fuera, en uno de los bancos del andén hay un sobre abierto. El viento lo ha cogido entre sus manos invisibles y baila al son que dicta la noche. Dos vueltas, dos círculos imaginarios casi perfectos hasta aterrizar sobre uno de los charcos de las vías. Comienza a amanecer, y los primeros rayos del sol son testigos de cuatro palabras, cuya tinta empieza a ser devorada por el agua:<br />
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<i>- Adiós, cariño. Hasta pronto. -</i><br />
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En la calle Zafiro, número trece, en su planta tercera, mano derecha. En la habitación que está junto al baño. Ésa en la que aún faltan cuadros por colgar, dormirá ella, probablemente destapada, sin saber que su mundo, al despertar el día, ha sido herido con el filo de la tristeza que se ahoga en un charco de la estación.<br />
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