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El Rincón del Búho

Un rincón para viajeros de barro...

Siete Segundos...

Párate un momento, exactamente siete segundos, cierra los ojos y escucha atentamente. En cada segundo que pasa hay una historia que flota en el aire...

Hoy ha intentado volver a llamarla, pero los nervios que se le agarran el estómago se lo han vuelto a impedir. Después, ha encendido un cigarrillo para calmar la ansiedad, y con este ya van nueve. Siempre le pasa lo mismo, y hasta que no ha marcado el número y se siente con fuerzas, no deja que se escuchen los tonos. Siete tonos.

Ayer, sin saber muy bien porqué, cuando volvía a casa en el autobús interurbano, de la línea número catorce, se bajó dos paradas antes. Atravesó la calle esquivando el tráfico, bajó hasta la plaza Wellington, tomó un café en un bar que no recordaba haber visto antes y se quedó dos horas en la acera. Apoyado en una de las farolas miraba una y otra vez las ventanas del segundo piso, de un edificio antiguo, con una hermosa fachada de ladrillo con acabados en madera.

Allí vivía ella, con su madre, ya mayor, y un perro llamado “Señor Spot”. La conoció una tarde en el parque. Ana, que así se llamaba, tenía los vaqueros arremangados por encima de las rodillas, y trataba, entre risas, rescatar la muñeca de una niña que flotaba alegremente sobre el agua de una fuente con ángeles de piedra. Él se ofreció para ayudarla, con tan mala fortuna que al acercarse al borde resbaló, y fue a parar de bruces al agua. Aún recuerda como la risa de Ana hizo que aquel bochorno fuese sencillamente algo tremendamente gracioso.
En compensación, ella le invitó a un helado, con la amenaza de que si no aceptaba ella misma lo volvería a tirar al agua.

Enseguida quedó prendado de una sonrisa que vestía el mundo, que llenaba todo alrededor. Daba igual el color del día, que Ana, se encargaba de hacerlo un poquito mejor. Sus ojos grandes, su pelo negro endiabladamente ensortijado y su carita de niña, le daban un aspecto de hadita rara del bosque.

Aún recuerda que el primer beso duró exactamente siete segundos, siete segundos en los que la tierra dejó de girar, siete segundos en los que la luna se escondió para no ser la protagonista de la noche. Siete segundos de felicidad.

Nunca tuvieron un momento igual, pero a pesar de que las cosas iban mejor o peor, siempre salían hacia delante. Él, con el tiempo, sentía que ese amor se había agotado, que se había perdido en el fondo de algún armario del piso que compartían. Por aquel entonces, imagino que también ahora, estaba muy de moda eso de los chats, conoció a una chica y en el embelesamiento de las bellas palabras, de los guiños literarios en un monitor, se enamoró de un espejismo. Se enamoró como el protagonista del relato de Bécquer, de un rayo de luna.

Así lo conocí, entusiasmado de encontrar el amor de su vida, de un viaje, de una nueva vida, de un nuevo mundo que le abría las puertas. Tal como apareció por el canal, ya sabéis, los generales de los chats, desapareció sin dejar más huella que la “info” de su “nick”:

- “Conectado por última vez hace 170 días....”.

Una tarde, cuando ya dábamos por echo, que vivía su mejor vida al lado de la mujer de sus sueños, entró en el canal una dama que se hacía llamar Asha. Nos contó que buscaba a su amado por todos los lugares, que había desaparecido de la noche a la mañana, sin dejar rastro. No tardé en descubrir, que Asha, no era otra que Ana y que con su corazón hecho añicos, se dedicaba a repartir los trocitos por esos rincones de internet. Prendando con su historia triste y melancolica a cuantos quisieran escucharla. Tuve el enorme placer de conocerla en persona.

Aquella tarde en la que la conocí, llovía a mares, pero nada de eso me importó, pues sus palabras bañadas de la mejor de las sonrisas, me hicieron olvidar que el cielo se derrumbaba allá afuera, que las nubes oscuras no eran nada comparable con la tristeza tan gris de Ana.

- "Voy a ir a buscarlo..".

Me dijo con la mirada perdida tras los critales, como quien intenta recordar un sueño. Traté de disuadirla, pero mis palabras cayeron en saco roto, no quisó escuchar nada que no fuera su propio corazón.

Supe, poco después, que apenas salió de la ciudad, había sufrido un grave accidente y que tras varios días en la Unidad de Cuidados Intensivos había fallecido. Probablemente su epitafio no sea, "No llueve eternamente...", como me dijo aquella tarde, que le gustaría que pusieran en su lápida.

Todos los días el "Señor Spot" la sigue esprando para comer, como a él le gustaba, debajo de la mesa, jugueteando con los cordones de las zapatillas de Ana.

A él, el tiempo lo puso en su sitio, más pronto que tarde. Descubrió que el amor está donde uno lo quiere encontrar, donde uno lo busca, que no se viste de palabras agradables, ni de dulce poesía todos los días del año. Perdió en su búsqueda tantas cosas, y ganó un sentimiento nuevo, aprendió a echar de menos. Volvió de nuevo a la ciudad, en busca de Ana.

Desde entonces, una sensación extraña se le agarra al estómago, se lo aprieta con cien nudos, cada vez que la llama. Fuma, y llora al mismo tiempo, con lágrimas de humo. Llora cuando habla con ella, llora durante siete segundos.

Referencias

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Comentarios

  1. jolin qué bonito buho!! hacía tiempo que no leía algo tan bonito y una historia de amor tan grande.... es genial!!!
    me encanta, me ha llegado y me ha conmovido.... enhorabuena!!!

    Comentario de Mercedes hace 2 años y 34 meses

  2. ¡Qué sorpresa!.

    Muchas gracias por la visita Mercedes, me alegro que te haya gustado.

    Un saludo. ;-)

    Comentario de Buho hace 2 años y 34 meses

  3. También me ha gustado mucho, Búho. Me gusta aprender de la gente que escribe bien y cuenta cosas que te llegan, felicidades :)

    Comentario de Merche hace 2 años y 34 meses


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