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El Rincón del Búho

Un rincón para viajeros de barro...

"Pájaros en el andén...".

Silenciosas ruinas bajo un cielo abierto...

Aquella mañana amaneció antes de que el sol que nos calienta asomase por entre las verdes montañas, amaneció antes de que los ruidos urbanos cantaran al nuevo día, antes de que la humanidad echase a andar con ese paso acelerado que devora a los corredores de fondo, a esos que creen aún en hadas, duendes y quizá en un amor que esperará más allá del mar.

Marcó el inicio del día el repicar de unos latidos y los nervios, alfileres en mi estómago, me decían que me quedaba un largo camino y una espera amarga que se tornaría en dulce encuentro.

Mientras mi alma se iba, silenciosa, por la ventana detrás del alba, mis ojos se clavaban como flecha detrás del triste horizonte de una tierra que me aparta de todo aquello que anhelo. Ya no marcaba el reloj, ese maldito trasto tan solo vale para matar el tiempo y el mío, ya sólo es el espacio en blanco que hay entre suspiro y suspiro.

Llené mi bolsa con poco más de lo que realmente poseo, unos cuadernos viejos llenos de poemas tristes, unos sueños rotos aunque forman un único espejo y el resto, iba dentro de mí, dentro de este absurdo cuerpo y dentro de una mente que bien podría ser la de un luchador del ocaso o la de un loco que pasea despacio por las eternas esquinas del Otoño. Cogí mi ligera carga de encima de mi cama, eche un rápido vistazo a mi habitación como si nunca hubiese salido de ella. Ahora sentía que era diferente, sentía que no había más que tierra por medio y un escalofrío me recorrió el cuerpo al pensar que igual nunca más volvería. Puse un pie en la amalgama de grises y rojizos sucios que me brindaba ésta ciudad, una leve brisa fresca acariciaba mi rostro como diciendo, “Adiós, hasta pronto aunque sepa que volverás. Siempre lo haces”.

Un paso. Uno menos hacía mi última estación del día, hacia la meta ansiada donde nadie esperaba, igual me vendrían a recibir algunos pájaros al andén y con sus trinos se preguntarían si el forastero sería otro más que vendría a la ciudad, a ingresar en las filas de la cordura o quizá, si era un soplo de viento que pasaría, de esos que lame las paredes y se marcha en la dirección opuesta de la que vino. Más cansado, más gastado y con el corazón encogido.
Dos pasos. Iban pasando las horas, y la vía era devorada debajo de mis pies. Una estación, otra... y en todas se repetía lo mismo: lágrimas, besos, palabras de recibimiento, abrazos, noticias y yo... pensando en que el aire se tornara veloz en vendaval y me arrastrara lejos de allí. Rápido, en la dirección que yo deseaba, aunque nadie esperara al pie de la escalera que bajaría para aterrizar de una vez de mi sueño, de esos pensamientos que venían acompañándome, de imaginar como sería el encuentro. Un suspiro y el tren arrancaba otra vez. De nuevo en medio de ningún lugar, traqueteo infame y mis ojos recorrían el paisaje mientras mi pluma atisbaba unos versos.
Tres pasos. Mochila al hombro. Un pequeño salto y alcancé la tierra prometida, aquélla en donde por fin tendría ante mí unos ojos que sin saber dirían más con la mirada de lo que pensaban. Un vistazo al vagón, que volvía a ponerse en movimiento, ahora ya sin mí pero si con mi melancolía, “Adiós, llévatela lejos”.
Final de trayecto. Encaminé mis pasos hacia el corazón de una ciudad desconocida para mí, lejos de las miradas de curiosos o de lenguas de doble filo que solo saben buscar los defectos y malaventuras de aquellos que conocen. “Un sitio perfecto para comenzar de nuevo”, pensé.

Me acogió la ciudad como a uno más, como uno de tantos que transitan por sus aceras, que hacen su vida allí. Movido por mi curiosidad y por no sentarme a que me atacara la impaciencia de la espera decidí merodear por el casco antiguo.



Allí estaban, dos mil años y aún en pie. Mil ojos que vigilan Segovia, ciudad milenaria donde hasta la más escondida piedra tiene más historia que muchos de nosotros. El Acueducto imponente, vetusto, viejo y sorprendentemente perfecto, alineado durante siglos. Con él a la espalda me sentía seguro, a resguardo del ataque de viejos fantasmas que persistieron en acompañarme gran parte del viaje. Subí las escaleras y desde la altura vi la ciudad, justo al lado de aquella romana obra. El sitio perfecto para el encuentro esperado, perfecto para tantas cosas...

Las callejas y callejuelas se fundieron en un abrazo, mientras me sumergía en su historia, en su vida. Imaginaba que por aquellos empedrados pasaron caballos, caballeros, damas, campesinas y la algarabía de un sin fin de gentes en tiempo de mercado o de camino a la Catedral. Quizá fuera la época de un triste soñador como yo. Más adelante en el escondite perfecto de la noche y la sombra de la muralla más de algún caballero citaría a su dama y ambos escaparían a contemplar las estrellas sobre los campos de trigo. O, cuando así fuera menester, citar al adversario para vengar afrenta o agravio en esa noche, tras el solemne repicar de espadas tras la Iglesia algún hidalgo daría con sus dientes en el suelo. Así, paseando por las calles fueron pasando las horas en las que cien historias inventé. Con la noche ya inminente sobre mi cabeza y con la hora de la cita más cerca que cuando desperté en mi tierra me aposenté junto al santo y seña de la ciudad. Desde allí el ocaso hizo de las suyas, mostró sus dotes de artista pintando de naranjas y violetas aquél cielo que poco a poco se rendía a las estrellas que comenzaban a aparecer, a preparar el manto de su madre Luna. Y no llegaba...



La dama que en la oscuridad me brindaba su sonrisa de plata, comenzó a colarse por entre los arcos. La miraba con la mente en otro lugar, en alguna parte alguien se dirigía hacia mí y la luna nos miraba a ambos con esos ojos de cómplice que todo lo ven y asienten sonriendo. Miraba la plaza que desde mi pequeño refugio se veía y otra vez suplicaba a la luna que llegase pronto, que diese alas a quién se acercaba.
El encuentro. Oí cruzar una risa por la plaza, la escuché desde mi pequeño refugio. Me había atrincherado bajo uno de los arcos del acueducto, no sé bien si por miedo o por lanzar un ataque sorpresa. Observé el terreno, medí los pasos, la espada de los nervios me amenazaba y por fin, todos mis miedos y yo cruzamos en escuadrilla la plaza hacía el sitio señalado. Más pasos, que ahora eran pesados y parecían sumamente lentos cuando su mirada empezó a sospechar que quien se acercaba era a quién iba a abrazar. Un abrazo que echó por tierra todo lo que había preparado, todo lo que había pensado hacer. Un dulce abrazo que me llenó de alegría, que llenó los abrazos huecos escritos... ahora ya sabría como atenerme a un abrazo si me lo decía.

Duda, incertidumbre y la traición de una timidez extrema se conjugaron para dejarme como fuera de lugar. Sentí su calor tan cerca como nunca hasta ahora, pero fue exactamente como lo deseé, como tantas noches imaginé.
Entonces llegó, como una ráfaga, como un latido entre las brumas del sueño. Robado y bandolero llegó a mí aquél primer beso. Nítido, suave, terciopelo en la piel, mil sentidos en mi boca. Un beso que me acompañará siempre, piel contra piel y el mundo dejó de estar debajo de mis pies. Ahora sería capaz de caminar por encima del suelo a una altura de quince centímetros, volando, siendo otro. Sin que el resto de miradas apreciara mi vuelo excepto ella. Esa mirada en la que esperaba encontrar lo que había venido buscando y aquellos ojos marrones no mintieron. Fue un beso sincero lleno de cientos de suspiros, sentimientos y quizá un dolor desahogado.

La noche avanzaba, con los minutos como testigos de que en mí nacía la necesidad de acercarme más a ella, poco a poco con delicadeza fui comprendiendo de sus caminos y mientras la luna temblaba sobre las aguas del embalse mis besos ya nunca más serían lanzados al vacío. Era mi hermoso campo de amapolas donde mis labios, cual mariposas revoloteaban. Su risa tantas veces escuchada en la lejanía ahora reflejaba esa alegría que tiene el agua del arroyo entre las manos, rumor acuoso que endulzaba los ruidos de la noche. La tenía entre mis brazos, el perfume de su cuerpo a mi alrededor me envolvía y al oler su pelo su fragancia era mía por un instante, intentando retenerla en su cabello con un beso. Paseaba con un ángel al que llevaba por la cintura, mi ángel. Era el que estaba esperando, ese que tantas otras veces pasó de largo y fue tocar en otras puertas. Ahora era a mí a quien había venido a buscar y deseaba que nunca más tuviese que seguir buscando su amor en otras pieles. Ya podía ser el mismísimo infierno la calle que al tenerla por el talle, nada más me importaba.



Mi amor, mi pequeño puerto de cielo abierto donde remitir mi dolor con el bálsamo de sus tiernos besos de hada. Con tan solo detener el tiempo en el instante en que mis labios se encontraban con los suyos hubiera vivido feliz para siempre, entre el cielo y la tierra, entre las estrellas que tiritaban en el cielo, entre el alba y el atardecer...

Llegó la madrugada. Su cabeza reposaba sobre mi pecho, belleza quieta. Conteniendo la respiración, sin saber que decir mis manos tomaron la iniciativa de hablar por su cuenta. Mostrando sencillamente que deseaba desde lo más profundo acariciar aquel rostro, como cuando en el mejor de los sueños deseamos recordar el tacto de lo que nos rodea. No dormía, de vez en cuando abría aquellos ojos expresivos para sonreír entre mis manos y los volvía a cerrar para sentir el paso de mis dedos por sus hermosos parajes de mujer. Como blancas mariposas, mis manos, a posar su frente venían, y le daban besos de niño columpiándose en sus sienes. Pronto los labios buscaron el camino de los suyos, una y otra vez para cerciorarse que era real, que estaba allí mirándome.
Se conjuraron las manos con los labios y acometieron dulce avanzadilla por su cuerpo. Suave por su cuello, marcando el camino sin pensar en el regreso. Ataque y repliegue con mis labios por su cuerpo, hasta que traviesos, juguetones, fueron a probar la dulce ambrosía de sus pechos. Mil hogueras prendieron allí dentro, pasión desbordada que luchaba contra los elementos. Una y otra vez chocó, por desgracia, con la alta muralla de la razón que de no estar sujetos a limitaciones hubieran estallado los dormidos instintos bajo la ropa, transformándose en el mayor esplendor del amor, en su plenitud, en la consumación de la sensibilidad, punto álgido de dos pasiones desatadas como tormentas que se encuentran en el medio del mar.



El amanecer con su redoble de tambores fue abriendo paso al Rey Sol, arrogante con todo su poder fue desperezándose poco a poco. Tocando con sus aún leves rayos aquí y allá, despertando a la vida a cuantos seres dormidos lo necesitaran. No fue nuestro caso, vimos llegar al astro solar con toda su corte de aves, con toda la pompa del oro en la mañana y con toda la certeza de que el nuevo día había llegado. Abrazados junto al camino vimos como los pájaros se llamaban unos a otros, el cielo azul con esa inmensidad ayudaba a pintar el momento como un cuadro.

Arriba, azul nítido, con los tejados del Monasterio desafiando a natura. Abajo, el brillo de sus ojos, con el rumor del río que acompañaba a nuestras palabras, con las que nos fuimos conociendo un poco más. Con las que me fui enamorando cada vez más. Mágico momento en el que fue mi sirena, bajo su canto no quise que me ataran y al acercarme lentamente a sus labios me obsequió con una piedra que tantas noches tembló sobre su pecho. Abrazos, miradas y besos, el lenguaje de dos enamorados que suspiraban para que no pasasen los minutos.



Pero tristemente pasaban para llevarse cual agua de aquel río, el amor al mar.
Dejamos atrás nuestro pequeño refugio, con la pena ya instalada en el corazón. Batallón que avanzaba irremediablemente y ya se le escuchaba a lo lejos, viniendo con paso firme y decidido a hacer patente lo inevitable. El poco tiempo que nos quedaba juntos se llenó de silencios pesados, espesos como niebla gris que se agarra fuerte a los bosques. Daba pánico hacer la menor mención de la fatídica marcha, como si el no decirlo fuera a prolongar el tiempo. Pero no, todo se acaba y la maldición que sobrevuela las historias de amor más hermosas se hizo presente. Con esa fuerza que golpea y derriba, das con tus huesos en el suelo y al poner una rodilla sobre el lodo para incorporarte llega el mazazo, llega el adiós en forma de losa, de epitafio.

Dos “te quiero” fugaces, un beso con sabor amargo, el corazón encogido y en el alma la remota esperanza de la posibilidad de volver a verla. Mantuve la entereza, incluso puede que pareciera frío, pero bastante duro era ya el dar la vuelta y volver, como para hacerla sentir más triste. No me lo hubiese perdonado jamás, yo que siempre quise ser el guardián de su tristeza y no el causante. Una vez más camino de regreso, con el alma sujeta con alfileres. Pasó a mi lado, vi alejarse su mirada triste tras el cristal, intentando contener un torbellino de sentimientos y mi ánimo maltrecho acabó por derrumbarse como el castillo de naipes que se construye en el aire.

Deshice el camino a la estación, el mismo por el que llegué lleno de regocijo ahora me observaba más melancólico, abatido con esa tristeza de amor que es un juego cruel, donde juegas a ganar y vuelves a perder. Compré el billete de regreso a la nada, me senté a esperar el tren que me devolvería al mundo que hay más allá de sus brazos.
De repente, en tropel llegaron los recuerdos de las horas juntos, acompañados de la amargura de desconocer cuando sería el momento en que de nuevo estaríamos juntos, tal vez para siempre. Saqué su piedra, en medio de la palma de mi mano estaba cuando rodó una lágrima por mi mejilla y fue a estrellarse en su colgante de forma de pirámide.

Mis dedos cubrieron la lágrima y los ojos con su pupila nublada fueron poco a poco recuperando la plena visión para ver como dos pájaros brincaban y trinaban sobre el andén diciendo: “El forastero no vino a ingresar en la cordura, ni se marchó en la dirección opuesta a la que vino. Es un loco enamorado que volverá algún día con todos sus recuerdos...”.

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Comentarios

  1. Desnudar el corazón es hermoso pero más lo es si esa belleza se encierra entre dos personas. ¿Por qué publicar unos recuerdos que hieren, Búho?.¿Qué pretendes sacar con ello?.¿Provocar dolor?. No juegues más o lo perderás todo. Encuéntrate a ti mismo y tus anhelos. Vé a por lo que quieres. Y si nada deseas, deja escapar lo que intentas retener entre las manos.

    Comentario de Alguien que quiere lo mejor para ti hace 2 años y 36 meses

  2. "¡Libertad!... Dejo sueltos mis sentimientos y ellos deciden donde quedarse, a veces quieren llegar tan alto que quedan enredados entre las ramas del árbol de los sueños... y ¡cuánto me cuesta subir a por ellos!"
    Celebro que hayas encontrado tu camino. Que mis últimas palabras sirvan para daros a los dos mi más sincera enhorabuena y desearos lo mejor.

    Comentario de La Dama de las Estrellas hace 2 años y 36 meses


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